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Policía montada.- Exterior del palacio de Itamaraty durante las protestas del 26 de junio |
Los impactos de las pedradas son aún bien visibles en las cristaleras del imponente palacio Itamaraty, la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores brasileño. Poco podía imaginarse Oscar Niemeyer, cuando falleció en diciembre pasado, con casi 105 años, que dos de sus edificios más emblemáticos en Brasilia serían objeto de la ira de los manifestantes pocos meses después. Itamaraty fue atacado durante las protestas. Y el vecino Congreso vio como sus simbólicos tejados eran ocupados durante los alborotos. Niemeyer, viejo comunista, seguramente hubiera mostrado simpatía hacia las reivindicaciones.
En una breve charla informal con este enviado, el ministro Antonio de Aguiar Patriota exhibió, orgulloso, la foto del día siguiente al asalto a Itamaraty. La ha colocado en su despacho. Se ve a los funcionarios del ministerio formando una cadena humana en torno al edificio, como “abrazo protector”. “Es un momento de mucha confusión, pero muy interesante”, se limitó a comentar el jefe de la diplomacia brasileña sobre esta fase de agitación.
El centro de Brasilia continúa siendo escenario de protestas, aunque pacíficas. Hay una acampada frente al Parlamento y muy cerca del palacio de Planalto, sede de la presidencia de la República. En las pequeñas tiendas de campaña se instalaron primero los funcionarios de prisiones, hartos de sus peligrosas condiciones laborales y en exigencia del derecho a llevar armas para defenderse cuando salen de trabajar. Luego se sumaron otros colectivos que se quejan, por ejemplo, de la estructura hipertrófica de los ministerios y de la inflación de altos cargos. Frente al ministerio de Sanidad, se organizó un acto contra el pomposo programa Más Médicos, que prevé la contratación de facultativos extranjeros para suplir el déficit en Brasil y una reforma de la carrera de Medicina. En una pancarta había un mensaje para la presidenta, Dilma Rousseff: “Dilma, ve al otorrino para oír la voz de las calles”.
La explosión de malestar en el país más grande y más poblado de América Latina responde a causas muy diversas. Es una crisis de crecimiento y de ilusiones rotas. El hilo conductor ha sido el desequilibrio entre las expectativas generadas por la pujanza económica de los últimos veinte años y una realidad con demasiadas sombras, sobre todo los deficientes servicios públicos, la inseguridad ciudadana y la corrupción. También se vierten críticas por los excesos de la política asistencialista durante la presidencia de Lula da Silva.
Para Remy Gorga Neto, director de una empresa de consultoría que promueve las cooperativas, una de las claves de los indignados brasileños es que “hubo un progreso notable en las clases baja y media-baja, amplias capas de población que comenzaron a ser consumidores de servicios sociales como salud, educación, instalaciones deportivas, etcétera, que el Estado no ha podido financiar”. “Ahora estas personas se dan cuenta de que no reciben lo que esperaban”", aseguró Gorga Neto, quien viajará en breve a Arrasate, en el País Vasco, para aprender cómo funciona allí el cooperativismo. “Cuando estalló la crisis mundial del 2008, Brasil iba bien y se generaron grandes expectativas que después han quedado, en parte, frustradas”, resumió el directivo.
Frente al palacio de Planalto, se manifestaron decenas de policías federales del departamento de dactiloscopia (análisis de huellas dactilares) que pedían un mejor reconocimiento jurídico de su trabajo. Las vuvuzelas eran ensordecedoras. Marco Antonio, de 36 años, explicó a este diario su visión sobre el actual momento brasileño. “En el mundo se tenía la idea equivocada de que Brasil era un país altamente desarrollado –dijo el funcionario policial–. Eso no es cierto. Y aquí la gente está descubriendo que el Gobierno estaba tratando de vender al exterior una realidad falsa, propaganda. Con nuestras protestas, queremos cambiar la situación y mostrar al mundo que Brasil no es lo que el Gobierno les vendía”.
Marco Antonio admitió que, junto a las deficiencias en educación y sanidad, la otra gran preocupación de los brasileños es la seguridad ciudadana, dado el alto índice de criminalidad. “La ley privilegia al delincuente –denunció el dactilóscopo–. Las penas son bajas. Los policías no están bien formados, la estructura no funciona de modo adecuado y las comisarías no están equipadas”.
Los gastos para los Mundiales de fútbol, el año que viene, y para los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, en el 2016, irritan a muchos brasileños. Creen que es un dispendio excesivo, de nuevo esa doble faz, contradictoria, de imagen exterior y realidad interna.
“De repente hay dinero para estadios y para mejorar la apariencia de las ciudades, pero lo hacen para los turistas, no para nosotros –declaró Andreia, operadora de radio de una plataforma petrolífera–. Si tienen dinero ahora para eso, ¿por qué no lo tenían antes para sanidad y educación?”. Según Andreia, que vivió en California, el boom brasileño y la crisis en Europa y EE.UU. son dos caras de la misma moneda, y da una explicación sencilla pero lúcida: “Vosotros estabais ya muy bien. Era difícil crecer más. Es lógico que en Brasil hayamos crecido porque estábamos muy mal”.
- Alta criminalidad.
33.- Homicidios cometidos cada mes por menores de 18 años en el Distrito Federal (Brasilia y sus ciudades satélite).
355.- Asesinatos cometidos en el estado de Sao Paulo en el mes de junio del 2013.
18,3%.- De los presuntos homicidios habidos cada año en Brasil (en total, más de 60.000) no son finalmente calificados como tales, sino como "muertes violentas por causa indeterminada".
- Mitología, Don Bosco y Pelé. Brasilia tiene monumentos y símbolos para cohesionar una nación joven y diversa. El presidente Kubitschek quiso evitar un progreso desordenado que rompiera el país.
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| Estatua de Juscelino Kubitschek y su esposa en Brasilia |
Arquitectura y símbolos. Geometría y banderas. Brasilia es el paradigma de capital moderna para una nación joven. Un país de dimensión continental, formado por la agregación de etnias y orígenes, con el estigma de la esclavitud, necesita construir su propia mitología cohesionadora.
El centro de Brasilia recuerda mucho a Washington DC, por su planificación, por el espacio abierto, por la ubicación de los edificios oficiales, por los monumentos que alimentan el alma brasileña. Si la capital estadounidense reserva un lugar preeminente a los memoriales de George Washington, Abraham Lincoln y Thomas Jefferson, Brasilia rinde homenaje al presidente Juscelino Kubitschek de Oliveira, quien finalmente hizo realidad el proyecto de trasladar el polo decisorio. También se honra a Tancredo Neves, el malogrado líder que, después de la dictadura militar, fue elegido presidente pero no pudo asumir el cargo por estar enfermo.
La idea de fundar una capital de nueva planta lejos de la costa atlántica se fraguó ya en los tiempos de la colonización portuguesa, por motivos de seguridad, para evitar invasiones y los asaltos de piratas. Más tarde, las razones cambiaron. Una capital en el interior debía ayudar a reequilibrar Brasil. Según comentó a La Vanguardia el ministro de Asuntos Exteriores, Antonio de Aguiar Patriota, ese objetivo se ha logrado. “Brasilia ha democratizado el país”, dijo Patriota, y recordó que casi todos los diplomáticos procedían antes de las élites de Río de Janeiro y São Paulo, mientras que ahora su origen es mucho más diverso.
Ya en 1891, el traslado de capital se incluyó en la Constitución republicana. Lo mismo se hizo en las constituciones de 1934 y 1946. Fue Kubitschek quien realizaría el sueño, en el tiempo récord de un solo mandato, entre 1956 y 1960. En uno de sus discursos, Kubitschek afirmó: “Brasilia significa disciplina y equilibrio económico del país, que desde hace 400 años sólo crece por un lado, en la franja litoral” Aquel presidente quiso conjurar el riesgo de que Brasil se consolidara como “archipiélago económico”, con un progreso desordenado que “un día podrían amenazar la propia unidad nacional”.
No podían faltar un elemento religioso y otro deportivo. Brasilia se apareció, durante un sueño, a san Juan Bosco, el fundador de los salesianos, que profetizó una tierra prometida en el mismo lugar geográfico que la futura capital brasileña. De ahí que Don Bosco sea el patrón de la ciudad. El mito deportivo es, naturalmente, el fútbol. En el memorial a Kubitschek hay un espacio para el Mundial de 1958, en Suecia, el primero que ganó Brasil, con pantallas interactivas que permiten ver el gol de Pelé, en la final. Brasil no sería Brasil sin la pasión por la seleção.
Eusebio Val, La Vanguardia